sábado, agosto 16, 2008

El retrato de Dorian Gray

Sí, me refiero al libro de Oscar Wilde, el famoso dramaturgo irlandés (no, no es inglés; yo también pensaba lo mismo). Nació en Dublín en 1854, aunque toda su formación universitaria y su carrera como escritor la desarrolló en Inglaterra y en Francia. El Retrato fue su única novela. La escribió en 1891, todavía en época victoriana.

Tengo que confesar que ésta fue la segunda vez que intenté leerla. La primera vez se me cayó de las manos en las primeras páginas porque me parecía (y aún me parece) que la forma en la que están descritas las manifestaciones de afecto entre hombres es, cuando menos... extraña (luego me enteré de que el autor estuvo dos años en prisión por sodomía).

En fin, en realidad ese no es el punto, lo que realmente quiero decir es que si se supera este escollo, después de todo me pareció una novelita muy interesante. Por varias razones. La primera y más "superficial" es que está llena de reflexiones sobre la creación artística. Por algún extraño motivo (¿wannabismo tal vez?) me causa placer ese tipo de consideraciones en las que uno intuye que el autor, a través de alguno de sus personajes, habla sobre su propia experiencia como creador. Creo que esas cosas ayudan a los que venimos detrás a perseverar en nuestra intención de escribir...

La segunda razón es que, a mi juicio, hay un personaje en el relato increíblemente bien logrado llamado Lord Henry. Sin conocer mucho la vida del autor, me atravería a afirmar que es la proyección de Wilde sobre la novela. Creo que debió ser un hombre así, no sólo desde el punto de vista de su personalidad, sino también de sus ideas (¿será posible separar estas dos cosas?). Lord Henry es la consumación del cínico hedonista y descreído. Sus diálogos están llenos de agudeza sofística: son ácido. Pero tiene estilo, mucho estilo. De hecho, este es el único reparo que le tengo a la novela: si no se llega hasta el final, parece un panegírico del cibaritismo más retorcido.

La tercera razón por la que me gustó es que (la novela) resulta una fábula interesantísima (sofisticada, pero fábula al fin) de la existencia del alma humana. Sí, en la novela, esa realidad "difusa" y olvidada por los hombres del mundo contemporáneo, esa "exalación medieval", existe; y no sólo existe sino que puede cambiar: para bien o para mal, en función de lo que hacemos y pensamos. Nuestras acciones afectan nuestra alma; y nuestra alma es y afecta lo más esencial de nuestra naturaleza humana.

La cuarta razón está en relación directa con la anterior: la novela expresa de una manera absolutamente plástica y muy ingeniosa las consecuencias del desorden (moral) en lo más íntimo de la persona humana. Es una novela en la que se reconoce sangrantemente la existencia de esa cosa polvorienta y desusada llamada pecado. Aja, PE-CA-DO.

En Cartas del diablo a su sobrino, C.S. Lewis hace decir a uno de sus personajes que una de las victorias más grandes del demonio sobre la raza humana es haberle hecho creer que él no existe. Yo diría que, después de esa, la segunda victoria más grande es haberle hecho olvidar la realidad del pecado. Pues bien, señor demonio, esta novela hace que uno se dé en la frente (putuplum) con el pecado. No hay escapatoria, el pecado existe dice, y no sólo existe sino que tiene unas consecuencias. La novela hace entender que la vida humana en este aspecto tiene unas leyes tan o más inexorables que la gravedad. Pero no puedo decir más sin estropearles la lectura...

La última razón por la que me gustó la novela también tiene que ver con la anterior: el pecado no es sólo una cosa mala, sino también una cosa fea (¡de mal gusto!). Como dicen los filósofos, a un nivel profundo, el bien y la belleza son aspectos de lo mismo. Las cosas malas son también feas.

Por tanto, amigos esteticistas y amantes de la cirugía plástica: no importa cuánto cuchillo le echemos al cuero: si el alma estaba sucia, sucia se queda. De hecho el relato me hizo pensar que muy probablemente la solución para muchos de nuestros problemas psicológicos no está en la rinoplastia, sino en una buena confesión (el detalle es que ¡ya tampoco creemos en eso!).

Por cierto, antes de terminar, y en descargo del amigo Wilde, tengo que decir que al final de sus días se hizo católico y murió en santa paz el año de 1900. Su cuerpo reposa en el célebre cementerio del Père Lachaise en París, en una tumba diseñada especialmente para él que tiene la peculiaridad de estar perennemente cubierta por el pintalabios de las cientos de admiradoras desconocidas que besan el mausoleo del poeta desde hace más de un siglo (este comentario llegó hasta ustedes por el patrocinio de Wikipedia). En fin, gracias por esa novelita Oscar. RIP. ¡Hasta el próximo post!

No hay comentarios.: