Este es el título de una novela de Marcel Pagnol (conocido escritor francés) que fue llevada al cine en 1990 por Louis Nucéra (guionista) e Yves Robert (director). Tengo la impresión de que la película pasó más bien por debajo de la mesa. No me extraña: me temo que nos hemos aficionado demasiado a la trepidación hollywoodense... y esta película es todo menos trepidante.
Es, en cambio, una película de rara belleza: de esas que pasan serenamente, sin acentuar excesivamente nada: más bien invitan al espectador a entretenerse con cosas sencillas. De hecho todo lo que hace la película es relatar las vacaciones de campo de una familia de la clase media francesa.
Pero hay un detalle original: el punto de vista del narrador es el de uno de los hijos de esa familia que, ya siendo grande, recuerda las anécdotas de aquellas vacaciones de su infancia. Sobre todo las que tienen que ver con las glorias de su padre: la película es un canto tranquilo al sano orgullo que puede sentir un hijo por su padre.
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A pesar de lo que puede parecer por los párrafos anteriores, este artículo no es sobre la película de Robert: hice esa introducción por una sola razón: esa obra me hizo recordar muchas cosas de mi infancia; y me hizo pensar que, en algún momento, todos los hijos debemos rendir un cierto homenaje a nuestros mayores. Y quiero empezar por mis abuelos.
De hecho, con los recuerdos de mi infancia en casa de mis abuelos, y el sentimiento de gratitud que generan, compuse un pequeño texto que ahora transcribo. Lo hice ya hace un tiempo y ahora lo retoqué un poco para ponerlo aquí.
No es nada elaborado: en su momento lo que hice fue simplemente cerrar los ojos y escribir lo que veía.
Recuerdos de la mesa
Allí estaban, en la mesa.
Iban llegando poco a poco: con sus vidas, con sus cansancios...
como llegan las hojas movidas por el viento.
Aquella mesa era el ámbito del cariño, era el ritual del orden, de los afectos. Era sentarse a querer y a esperar.
El abuelo estaba ahí desde hacía siglos:
con sus ojos azules, su cabeza nevada y su piel curtida:
detrás de tantos trabajos la sonrisa, el talante recio, el cariño.
La abuela estaba a su lado: elegante, sufrida, atenta
toda abnegación, toda atenciones:
era frutas, era ternura, era almendras.
Todos ahí, recordando la vida juntos, ofreciéndose.
Todos eran comida para el otro.
Ojos inquietos, movimientos complacidos, sonrisas perennes.
Cada quien apurando sus platos, sus copas.
Había magia, la magia de la acogida, de la apertura del alma, del recibimiento. La alegría por los venidos de lejos, y por los que estaban cerca. Todo sencillo, todo amable: sin poses, sin apariencias, sin cuidarse. Descansando en el cariño de los otros.
En el recuerdo vuela el mantel, suenan los cubiertos, y el escanciado del vino, y los hielos. La mesa era Frangélico, helado de café y dátiles. Era higos y cerezas: colores vivos.
La mesa era el ámbito del cariño, era el ritual del orden,
de los afectos, de los recuerdos vivos, de las historias viejas.
La mesa era el momento de la alegría de vivir.
En esa mesa (y en esa casa) aprendí muchas cosas, algunas de las más importantes de mi vida. Quiero poner aquí las que ahora recuerdo con más fuerza.
La primera fue que el bien existe y es posible. Cuando uno ve lo que pasa en el mundo y en Venezuela, o incluso en las vidas de personas muy cercanas, a veces puede entrar un poco de desespero. Pues bien, en medio de todo eso, el cariño que encontré en casa de mis abuelos es lo que siempre evoco para consolarme. Siempre que estoy un poco desalentado o cansado, busco ahí. Y siempre vuelvo a "descubrir a Dios" en su cariño.
La segunda cosa que aprendí en esa mesa es que se puede ser fiel a una persona para toda la vida; y que esa fidelidad es increíblemente fecunda. En un mundo inestable y confuso, el cariño que se tuvieron mi abuela y mi abuelo es siempre, para la
memoria de mis afectos, una fuente de confianza.
La tercera cosa que aprendí fue que la abnegación es una de las formas más perfectas del amor; que uno puede sacrificarse por los demás y ser feliz al mismo tiempo o, mejor dicho, ser feliz
justamente por eso. Concretamente pienso en mi abuela. Era la fundación de la casa. Era una mujer inteligente y cariñosa. Siempre estaba ahí. Todos íbamos a ella para recibir cariño, para comer, o para lo que fuera.
Internamente, cuando busco en mi vida experiencias de bondad, pienso en mi abuela ya muy enferma de cáncer, llevándome a pie al colegio para que yo no fuera solo... Rómulo Gallegos habla en una conferencia de la "emoción original de la bondad" y da unos ejemplos. El mío es siempre éste.
En esos años también conocí a la muerte, pero sobre todo aprendí que la vida no termina con ella.
Cuando mi abuela murió yo tendría 9 ó 10 años. La verdad es que no me lo esperaba. En mi mente de niño pensaba que abuela estaría ahí siempre. Recuerdo que un día mi papá y mi tía se fueron de la casa y estuvieron fuera mucho tiempo, al menos así me pareció a mí. Yo no lo sabía, pero se habían ido a estar con mi abuela durante su enfermedad, hasta el final.
Un día alguien me dijo que íbamos al aeropuerto para recibirlos porque regresaban. Por supuesto, en todo ese tiempo estuve preguntando por mi abuela. Esperaba verla junto a mi tía y a mi papá cuando se bajaran del avión, pero no fue así. Entonces tía tuvo que explicarme.
Recuerdo que me abrazó llorando y luego, tomándome con cariño por el brazo, me señaló una estrella en el cielo y me dijo "Javito, ahora abuelita está ahí". Eso fue todo. No hizo falta más. Todo estaba claro. Y desde entonces nunca he tenido la más mínima duda de que el Cielo existe y de que, si nos portamos bien, nos encontraremos ahí.
La existencia de Dios y del bien, la fidelidad, la abnegación y la inmortalidad del alma. Todo eso lo aprendí en esa "mesa". También aprendí otras cosas, pero prefiero guardarlas para la próxima vez. Por esta creo que es suficiente.
¡Hasta el próximo post!