jueves, agosto 28, 2008

In your eyes (acertijo)

Luz, calor: intento alcanzarte desde adentro. Quiero tocar la luz de tus ojos. Ese brillo risueño que te hace imposible, ese que a veces me hace pensar que estás, que no estás. Eres una presencia intermitente, un beat, una luz estroboscópica, un viento caprichoso que hace tanto daño como consuela. Inasible, cercana. Lejana, frágil, increíble.

Huyo y siempre estoy aquí. Corro y no avanzo. Soy un sinfín, una noria torpe, un molino condenado. Tú un coro de voces, un acorde mayor, un aplauso. Eres libre. Eres redobles, silencio de trompetas, tejidos de colores, coreografías. Voz de mujer. Rostro de niño. ¡Salida! Cueros, tambores, bengalas… Eres un sueño.

En tus ojos veo calor. Incompleto cuando no estás. Grito: estoy herido. No entiendo: hay armonía, hay concierto, hay ritmo, la alegría se cuela por los huecos del canto y los murmullos. Pero estoy lejos: a una distancia musitada, querida acaso. Años luz de querer y no querer.

Ahora suenan las voces templadas, hermosas, intensas, altas. El corazón se hace tenor y canta: es un aria muda pero bella. Quiero expresar el momento, ese en el que te conviertes en algo más que un ser que camina y respira. Ese instante en el que tienes que ser novela, pintura, película, estatua, mentira. Pestañeas y el tiempo se detiene. Sonríes y estallan las luces, los átomos, los sentidos. Me miras y estoy muerto. Eres María.

Caracas, 27/08/2008

***

Esto lo escribí como consecuencia de oír la canción In your eyes de uno de los conciertos de Peter Gabriel en Italia. Si acaso, quiere ser un modo de expresar la relación de un (pobre) corazón humano con la Señora del Dulce Nombre. Es muy mala teología porque en realidad Ella siempre está ahí, ayudándonos. Pero uno no siempre capta su presencia y entonces salen estas quejas/piropos. Espero que perdonen (si hace falta) este desahogo poético.

sábado, agosto 16, 2008

"La gloire de mon père"

Este es el título de una novela de Marcel Pagnol (conocido escritor francés) que fue llevada al cine en 1990 por Louis Nucéra (guionista) e Yves Robert (director). Tengo la impresión de que la película pasó más bien por debajo de la mesa. No me extraña: me temo que nos hemos aficionado demasiado a la trepidación hollywoodense... y esta película es todo menos trepidante.

Es, en cambio, una película de rara belleza: de esas que pasan serenamente, sin acentuar excesivamente nada: más bien invitan al espectador a entretenerse con cosas sencillas. De hecho todo lo que hace la película es relatar las vacaciones de campo de una familia de la clase media francesa.

Pero hay un detalle original: el punto de vista del narrador es el de uno de los hijos de esa familia que, ya siendo grande, recuerda las anécdotas de aquellas vacaciones de su infancia. Sobre todo las que tienen que ver con las glorias de su padre: la película es un canto tranquilo al sano orgullo que puede sentir un hijo por su padre.

***

A pesar de lo que puede parecer por los párrafos anteriores, este artículo no es sobre la película de Robert: hice esa introducción por una sola razón: esa obra me hizo recordar muchas cosas de mi infancia; y me hizo pensar que, en algún momento, todos los hijos debemos rendir un cierto homenaje a nuestros mayores. Y quiero empezar por mis abuelos.

De hecho, con los recuerdos de mi infancia en casa de mis abuelos, y el sentimiento de gratitud que generan, compuse un pequeño texto que ahora transcribo. Lo hice ya hace un tiempo y ahora lo retoqué un poco para ponerlo aquí.

No es nada elaborado: en su momento lo que hice fue simplemente cerrar los ojos y escribir lo que veía.

Recuerdos de la mesa

Allí estaban, en la mesa.
Iban llegando poco a poco: con sus vidas, con sus cansancios...
como llegan las hojas movidas por el viento.

Aquella mesa era el ámbito del cariño, era el ritual del orden, de los afectos. Era sentarse a querer y a esperar.

El abuelo estaba ahí desde hacía siglos:
con sus ojos azules, su cabeza nevada y su piel curtida:
detrás de tantos trabajos la sonrisa, el talante recio, el cariño.

La abuela estaba a su lado: elegante, sufrida, atenta
toda abnegación, toda atenciones:
era frutas, era ternura, era almendras.

Todos ahí, recordando la vida juntos, ofreciéndose.
Todos eran comida para el otro.

Ojos inquietos, movimientos complacidos, sonrisas perennes.
Cada quien apurando sus platos, sus copas.

Había magia, la magia de la acogida, de la apertura del alma, del recibimiento. La alegría por los venidos de lejos, y por los que estaban cerca. Todo sencillo, todo amable: sin poses, sin apariencias, sin cuidarse. Descansando en el cariño de los otros.

En el recuerdo vuela el mantel, suenan los cubiertos, y el escanciado del vino, y los hielos. La mesa era Frangélico, helado de café y dátiles. Era higos y cerezas: colores vivos.

La mesa era el ámbito del cariño, era el ritual del orden,
de los afectos, de los recuerdos vivos, de las historias viejas.

La mesa era el momento de la alegría de vivir.

En esa mesa (y en esa casa) aprendí muchas cosas, algunas de las más importantes de mi vida. Quiero poner aquí las que ahora recuerdo con más fuerza.

La primera fue que el bien existe y es posible. Cuando uno ve lo que pasa en el mundo y en Venezuela, o incluso en las vidas de personas muy cercanas, a veces puede entrar un poco de desespero. Pues bien, en medio de todo eso, el cariño que encontré en casa de mis abuelos es lo que siempre evoco para consolarme. Siempre que estoy un poco desalentado o cansado, busco ahí. Y siempre vuelvo a "descubrir a Dios" en su cariño.

La segunda cosa que aprendí en esa mesa es que se puede ser fiel a una persona para toda la vida; y que esa fidelidad es increíblemente fecunda. En un mundo inestable y confuso, el cariño que se tuvieron mi abuela y mi abuelo es siempre, para la memoria de mis afectos, una fuente de confianza.

La tercera cosa que aprendí fue que la abnegación es una de las formas más perfectas del amor; que uno puede sacrificarse por los demás y ser feliz al mismo tiempo o, mejor dicho, ser feliz justamente por eso. Concretamente pienso en mi abuela. Era la fundación de la casa. Era una mujer inteligente y cariñosa. Siempre estaba ahí. Todos íbamos a ella para recibir cariño, para comer, o para lo que fuera.

Internamente, cuando busco en mi vida experiencias de bondad, pienso en mi abuela ya muy enferma de cáncer, llevándome a pie al colegio para que yo no fuera solo... Rómulo Gallegos habla en una conferencia de la "emoción original de la bondad" y da unos ejemplos. El mío es siempre éste.

En esos años también conocí a la muerte, pero sobre todo aprendí que la vida no termina con ella.

Cuando mi abuela murió yo tendría 9 ó 10 años. La verdad es que no me lo esperaba. En mi mente de niño pensaba que abuela estaría ahí siempre. Recuerdo que un día mi papá y mi tía se fueron de la casa y estuvieron fuera mucho tiempo, al menos así me pareció a mí. Yo no lo sabía, pero se habían ido a estar con mi abuela durante su enfermedad, hasta el final.

Un día alguien me dijo que íbamos al aeropuerto para recibirlos porque regresaban. Por supuesto, en todo ese tiempo estuve preguntando por mi abuela. Esperaba verla junto a mi tía y a mi papá cuando se bajaran del avión, pero no fue así. Entonces tía tuvo que explicarme.

Recuerdo que me abrazó llorando y luego, tomándome con cariño por el brazo, me señaló una estrella en el cielo y me dijo "Javito, ahora abuelita está ahí". Eso fue todo. No hizo falta más. Todo estaba claro. Y desde entonces nunca he tenido la más mínima duda de que el Cielo existe y de que, si nos portamos bien, nos encontraremos ahí.

La existencia de Dios y del bien, la fidelidad, la abnegación y la inmortalidad del alma. Todo eso lo aprendí en esa "mesa". También aprendí otras cosas, pero prefiero guardarlas para la próxima vez. Por esta creo que es suficiente.

¡Hasta el próximo post!


Anexo a "El retrato de Dorian Gray"

A petición de los lectores ("¿Pero, Javier, cuál es la trama de la novela?") voy a hacer una breve sinopsis cuidando de no contarles, claro está, nada que pueda echarles a perder la lectura.

Estamos en la Inglaterra de finales del siglo XIX: la que uno siempre se imagina en las novelas de Conan Doyle y Stevenson. Además, de repente, nos empezamos a mover dentro de los círculos aristocráticos de entonces: vivimos de rentas, tomamos el té y hablamos "gramínea" hasta el anochecer en los clubs privados. Tenemos sirvientes que nos despiertan en la mañana y nos compran los tickets para las funciones de la opera. Ah, y escribimos telegramas (que enviamos por el correo tradicional) para quedar con alguien... ¡en la tarde de ese mismo día! En fin, estamos en Londres.

Así las cosas, de pronto nos vemos en el estudio de un reconocido retratista, Basilio Hallward. El artista está empeñado en pintar a un joven aristócrata de 20 años, amigo suyo, que está posando para él: el enigmático e increíblemente bien parecido Dorian Gray. Mientras el pintor hace su trabajo, Dorian conversa con un amigo en común, Lord Henry Wotton. Lord Henry habla sobre la belleza y los placeres, y Dorian bebe de aquello con vehemencia. Hallward nota al joven más vivo que nunca.

Cuando el pintor termina el cuadro, no tiene palabras: es sencillamente una obra maestra, lo mejor que haya hecho jamás. Dorian mira el lienzo y queda sorprendido por el parecido. Lo mismo le sucede a Lord Henry. Todos contemplan el retrato con una especie de sobrecogimiento. Entonces Dorian, conciente como nunca antes de su propia belleza, pero sobre todo de su inevitable caducidad, hace una petición increíble: "Que yo nunca envejezca, que el cuadro envejezca por mí".

Esa petición es escuchada. Y ahí comienza la novela. El detalle está en que el cuadro no sólo envejece por Dorian, sino que tiene una propiedad aún más fascinante... Que la disfruten.

P.S. Para los que, como yo, odian las enumeraciones exageradamente exhaustivas, les digo que en este caso pueden brincárselas con total paz: no le agregan practicamente nada al relato mas que acentuar el sofisticado hedonismo del personaje. Las enumeraciones que hace el autor de las joyas de los reyes de Europa o de los objetos extravagantes que Dorian va coleccionando a lo largo de su vida son, a mi juicio, enteramente prescindibles.

¡Adieu!

El retrato de Dorian Gray

Sí, me refiero al libro de Oscar Wilde, el famoso dramaturgo irlandés (no, no es inglés; yo también pensaba lo mismo). Nació en Dublín en 1854, aunque toda su formación universitaria y su carrera como escritor la desarrolló en Inglaterra y en Francia. El Retrato fue su única novela. La escribió en 1891, todavía en época victoriana.

Tengo que confesar que ésta fue la segunda vez que intenté leerla. La primera vez se me cayó de las manos en las primeras páginas porque me parecía (y aún me parece) que la forma en la que están descritas las manifestaciones de afecto entre hombres es, cuando menos... extraña (luego me enteré de que el autor estuvo dos años en prisión por sodomía).

En fin, en realidad ese no es el punto, lo que realmente quiero decir es que si se supera este escollo, después de todo me pareció una novelita muy interesante. Por varias razones. La primera y más "superficial" es que está llena de reflexiones sobre la creación artística. Por algún extraño motivo (¿wannabismo tal vez?) me causa placer ese tipo de consideraciones en las que uno intuye que el autor, a través de alguno de sus personajes, habla sobre su propia experiencia como creador. Creo que esas cosas ayudan a los que venimos detrás a perseverar en nuestra intención de escribir...

La segunda razón es que, a mi juicio, hay un personaje en el relato increíblemente bien logrado llamado Lord Henry. Sin conocer mucho la vida del autor, me atravería a afirmar que es la proyección de Wilde sobre la novela. Creo que debió ser un hombre así, no sólo desde el punto de vista de su personalidad, sino también de sus ideas (¿será posible separar estas dos cosas?). Lord Henry es la consumación del cínico hedonista y descreído. Sus diálogos están llenos de agudeza sofística: son ácido. Pero tiene estilo, mucho estilo. De hecho, este es el único reparo que le tengo a la novela: si no se llega hasta el final, parece un panegírico del cibaritismo más retorcido.

La tercera razón por la que me gustó es que (la novela) resulta una fábula interesantísima (sofisticada, pero fábula al fin) de la existencia del alma humana. Sí, en la novela, esa realidad "difusa" y olvidada por los hombres del mundo contemporáneo, esa "exalación medieval", existe; y no sólo existe sino que puede cambiar: para bien o para mal, en función de lo que hacemos y pensamos. Nuestras acciones afectan nuestra alma; y nuestra alma es y afecta lo más esencial de nuestra naturaleza humana.

La cuarta razón está en relación directa con la anterior: la novela expresa de una manera absolutamente plástica y muy ingeniosa las consecuencias del desorden (moral) en lo más íntimo de la persona humana. Es una novela en la que se reconoce sangrantemente la existencia de esa cosa polvorienta y desusada llamada pecado. Aja, PE-CA-DO.

En Cartas del diablo a su sobrino, C.S. Lewis hace decir a uno de sus personajes que una de las victorias más grandes del demonio sobre la raza humana es haberle hecho creer que él no existe. Yo diría que, después de esa, la segunda victoria más grande es haberle hecho olvidar la realidad del pecado. Pues bien, señor demonio, esta novela hace que uno se dé en la frente (putuplum) con el pecado. No hay escapatoria, el pecado existe dice, y no sólo existe sino que tiene unas consecuencias. La novela hace entender que la vida humana en este aspecto tiene unas leyes tan o más inexorables que la gravedad. Pero no puedo decir más sin estropearles la lectura...

La última razón por la que me gustó la novela también tiene que ver con la anterior: el pecado no es sólo una cosa mala, sino también una cosa fea (¡de mal gusto!). Como dicen los filósofos, a un nivel profundo, el bien y la belleza son aspectos de lo mismo. Las cosas malas son también feas.

Por tanto, amigos esteticistas y amantes de la cirugía plástica: no importa cuánto cuchillo le echemos al cuero: si el alma estaba sucia, sucia se queda. De hecho el relato me hizo pensar que muy probablemente la solución para muchos de nuestros problemas psicológicos no está en la rinoplastia, sino en una buena confesión (el detalle es que ¡ya tampoco creemos en eso!).

Por cierto, antes de terminar, y en descargo del amigo Wilde, tengo que decir que al final de sus días se hizo católico y murió en santa paz el año de 1900. Su cuerpo reposa en el célebre cementerio del Père Lachaise en París, en una tumba diseñada especialmente para él que tiene la peculiaridad de estar perennemente cubierta por el pintalabios de las cientos de admiradoras desconocidas que besan el mausoleo del poeta desde hace más de un siglo (este comentario llegó hasta ustedes por el patrocinio de Wikipedia). En fin, gracias por esa novelita Oscar. RIP. ¡Hasta el próximo post!

domingo, agosto 10, 2008

Un sueño inoportuno

[Esta es la continuación del mail anterior]

Tengo un amigo que, entre otras cosas, es director de un campamento vacacional para niños de 4to a 6to grado. Hace poco llegó de su última actividad y me echó el siguiente cuento. Todas las mañanas los instructores del campamento hacen una revisión de las cabañas donde duermen los niños para asegurarse de que las cosas marchen... digamos que en orden: decomisan los foamys de contrabando, mandan a quitar los interiores sucios del piso, desamarran del tubo de la cama al gafo de turno, recogen al que se dio el guamazo cuando se cayó de la litera, etc. etc.

Una buena mañana uno de los instructores del campamento se acercó a mi amigo y le dijo "Gerardo, Fulanito (uno de los campistas) está llorando en su cabaña. Dice que le echaron pipí encima". Podrán imaginarse la reacción de mi amigo. Aquello no era ya una travesura. Inmediatamente estuvo dispuesto a llevar al paredón al culpable; a quien por cierto aún tenía que encontrar. Pero aún antes había que hablar con la víctima.

Lo primero que percibió mi amigo cuando entró a la cabaña del siniestrado fue el llantén del chamo. Era uno de esos llantos desconsolados que vienen acompañados de corcobeos y "sniffs". Se acercó poco a poco y le preguntó al chamín "¿A ver Fulanito, qué te pasó?". El chamo lo miró con ojos de becerro destetado "¡Me echaron pipiiií!".

Plum, nada, el hecho era cierto y estaba consumado. El veredicto debía ser firme, pensó mi amigo. "¿Dónde te echaron el pipí?", preguntó, intentando calibrar el grado de maldad de los felones infantiles. Entonces el niño, que hasta entonces había estado sentado en la cama y con la sábana hasta la cintura, se levantó despacio y, señalando con el dedo su zona púbica, dijo solemnemente "Aquí". Mi amigo siguió desconcertado la dirección del dedo y, al fin, se echó a reír: a todo lo largo y ancho del short beige del carajito había un manchón redondo y húmedo como un jaguey. A todas luces, nadie lo había fastidiado: el niño se había hecho pipí.

Se podrán imaginar la situación: mi amigo tenía que consolar al niño y al mismo tiempo... "¿Quién te echó el pipí Fulanito?" Pasaron unos segundos de silencio y el niño, ya sin gritar pero igual de desconsolado, respondió "Noo séee". Más sniffs y corcobeos. Mi amigo lo miró sonriendo "Mira, ¿y no será que te orinaste, Fulanito?" Uno, dos, tres segundos de mirada intensa y... cataplum "¡¡Buahhh!!". Todo estaba develado. "Sííí, me hice pipí".


***

Si alguien me preguntara cómo resumir en pocas palabras qué es el alivio, respondería sin vacilar que es el momento preciso en el que uno empieza a orinar después de haberse estado aguantando las ganas por dos o tres horas. Eso es el alivio. Pues bien, yo tuve uno de esos alivios memorables cuando tenía unos 12 ó 13 años. Sólo que hubo dos circunstancias que lo hicieron... especial:

1) No estaba en un baño (sino en una cama)
2) La cama no era mía

Ejjjeemm, no sólo no era mi cama, sino que esa noche me había quedado a dormir en casa de uno de los chamos más sifrinos de toda la bolita del mundo. Para que se hagan una idea del asunto, en el terreno de lo que antes era esa casa, hoy hay 3 edificios de lujo con estacionamiento incluido en la zona más cara de todo Maracaibo. Es decir, aquello era una catástrofe.

No, no sufro de aflojamiento de esfínteres. Tampoco uso Securezza: simplemente estaba soñando (con todo el realismo del que es capaz una imaginación adolescente) que estaba "aliviándome" (después de mucho aguantar) en el legítimo y familiar baño de mi cuarto. Además, ¡hacía frío en la casa esa! En fin, el hecho es que aquella fue la meada del milenio.

Claro que al ocurrir tamaña micción, la física hizo su trabajo: la humedad me llevó a ese inclasificable estado de seminconciencia que sigue al umbral del sueño. Recuerdo que aún en ese limbo, la manguera siguió prendida un rato más por la inercia, y finalmente, llegó la constatación conciente: "¡¡Mier..!!" Me senté en la cama como un resorte. Toqué para ver cuán profundo había sido el daño y la conclusión fue inclemente: la vaina había llegado hasta el boxspring.

Pónganse en mi lugar, ¿qué hubieran hecho ustedes? Me paré de la cama como una tarántula, sin hacer el más mínimo ruido. Miré pa los lados como un delincuente, sobre todo para asegurarme de que mi amigo siguiera dormido, y me fui derechito al baño. Allí busqué la toalla que me habían asignado la noche anterior y con ella empecé a estripar el colchón como si estuviera parando la hemorragia a un herido de guerra.

De más está decirles que aquello no tuvo remedio. Hice la cama con la mayor dignidad que pude y abandoné rápido aquel cuarto funesto. Como anticiparán, ese día me fui más temprano que nunca de la casa de mi amigo. “¿Por qué no desayunas con nosotros, Javier?” fue la pregunta desconcertada de la mamá de mi amigo, aún en bata. No hubo respuesta. “Si supiera señora”, fue lo que pensé. No sé cuánto tiempo pasó hasta que descubrieron al “muerto”, lo que sí sé es que todo ese tiempo no hizo más que empeorar el daño… Nunca más volví a casa de mi amigo.

Parece una tontería, pero a veces los seres humanos hacemos las cosas más estúpidas por las razones más absurdas, cuando en realidad el camino más corto es siempre ser sinceros. Nada, ¡hasta el próximo post!

[Para la vesión en e-mail: si quieren leer este artículo en su contexto original pueden ir a: guasacaca.blogspot.com]

Un hijo pródigo (de Blogger) ha vuelto

Quiero ser muy sincero con ustedes. Hace tres años creé este blog por requerimientos académicos. Hice 3 (y sólo 3) posts, casi por compromiso, al punto que uno de ellos fue una declaración de principios entre cuyas cláusulas principales se podía leer que el antedicho blog "no viviría más de 3 meses". Es decir, el tiempo justo que le restaba a la asignatura de la universidad que me había obligado a crearlo (no les puedo explicar el estupor de mi profesora cuando leyó esta cláusula). "¿Por qué?" fue su primera reacción. Nunca se lo dije (¿cómo hacerlo?) pero en aquel momento los blogs me parecían un esnobismo. En fin, no estoy seguro, pero creo que a veces asumo este tipo de posturas como un modo de afirmar mi autonomía respecto a las modas. En cualquier caso, el blog había nacido enfermo terminal.

Dicho y hecho: terminó la materia y dejé dormir al "engendro" el sueño de los justos, sin siquiera acordarme nunca más de su existencia. Pasó mucha agua bajo el puente: toda la que puede pasar en 3 años, y de repente, sobrevino el hecho.

Bueno, la verdad es que no fue un hecho, fueron varios, pero si lo ponía en plural perdía el efecto dramático tipo Dan Brown. Nada, los expongo en orden cronológico:

1) Coño, tengo envidia de Laureano Márquez (no further questions your honor).

2) Por ahora no quiero usar mis múltiples palancas en los periódicos más prestigiosos del país para que me publiquen los artículos (ja). No, en serio, por lo pronto tengo miedo de que me echen pa´trás lo que escriba y de no ser capaz de escribir con la frecuencia necesaria.

3) Por múltiples motivos tengo más tiempo ahora que en los últimos 3 años.

4) Me gusta escribir. De verdad he intentado zafarme de esto, perderlo de algún modo, pero al final siempre termina regresando el condenao, como el gatico del chiste.

5) Me di cuenta de que necesitaba compartir cosas con gente que tengo lejos.

6) Pienso que puedo divertir, además de fastidiar, a algunas de las personas que me aprecian, especialmente a mi familia (creo que esta es la razón más importante).

7) Me gusta el título del blog y ¿saben? chico me dio "cosita" con la profesora... (esto último es mentira).

Bueno el hecho es que, de vez en cuando (ni idea de cuál puede ser la frecuencia, si es que la tendrá) les llegará algún e-mail mío con cosas locas escritas aquí. De verdad no se sientan en la obligación de leerlas (yo no la tengo de escribirles). No tienen ni siquiera que hacer ningún comentario. Justamente lo sabroso de esto es que es absolutamente libre y espontáneo, casi un capricho. Si les da curiosidad bien, si no, también. Como dice Daniel Pennac, uno de los sagrados derechos del lector es poder abandonar los libros cuando nos dé la gana. Aquí lo mismo.

Así que, por ahora, uno de los hijos pródigos de Blogger ha regresado a la casa del padre. ¡Salud profesora!

P.S. Bueno coño si alguna vez lo leen y les gusta díganmelo, pa ver si así me animo a seguir escribiendo ¿no? Chau!!